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ImagenLa Sombra.

Por Leslie Power

Lo complejo de algunos momentos claves de nuestras vidas (entrada al colegio, adolescencia, matrimonio, separaciones, embarazos, nacimientos, puerperio, ”crisis de la edad media”, una enfermedad, la muerte de alguien, el cambio de trabajo, navidad, cumpleaños, etc.) es que son momentos fértiles para que aparezcan en la consciencia, nuestras sombras, es decir, todo aquello, que alguna vez de niñ@s, reprimimos, negamos, guardamos, desplazamos, encubrimos, etc. ya sea porque nos causaron daño, nos dolió mucho, no entendimos, nos produjo miedo, soledad, nos dejaron perplejos o nos hicieron dudar y nos culpamos.

Las sombras, son recuerdos que están en nuestra piel, pero no en nuestros pensamientos conscientes.

Las sombras aparecen de un sopetón, sin aviso alguno, porque así son ellas, llegan nada más y te dejan tambaleando o te tiran al suelo. Las sombras o recuerdos inconscientes llegan y frente a su visita, tenemos algunas alternativas para con ellas: nos hacemos cargo o nos enfermamos, se nos aprieta la garganta, una crisis de pánico, una borrachera o nos hacemos los “lesos”. Cualquier otra cosa sirve para seguir tapando la sombra con un dedo y seguir estancados en lo mismo.

El problema de la sombra es que aparece, siempre, nos guste o no.

Y se nos aparece a todos, en forma de lapsus, sueños, peleas, síntomas, repeticiones, enfermedades, relaciones de parejas adictivas… Pero nos pasa a todos. A los con más camino terapéutico, a los que tuvieron padre y madre que siempre les hablaron con amor y verdad. Nos pasa a los inteligentes, a los desamparados, a los victimarios y a la víctimas. A todos.  Los mas suertudos pueden con mayor facilidad, prender la linterna, sentarse y mirarlas sin miedos. A otros muchos nos cuesta más hacernos cargo de la sombra.

Todo depende del tenor de la sombra, de la historia relacional con nuestros padres o de quienes “nos amaron”.

Y cuando aparece, nos da pena y lloramos, puede darnos rabia y apretamos los dientes tirando fuego por la mirada, o nos da miedo nuevamente, asco, deseos de meter la cabeza bajo la tierra y que una roca caiga encima y termine por sepultar tan bien como estaba antes esa maldita sombra.  Queremos terminar con esto. Olvidarnos de la sombra, volver a reprimir.

Y en eso estamos haciéndonos los locos, reprimiendo, cuando vuelve a aparecer. Nuevamente nos dio sinusitis, nuevamente el omeprazol para calmar los gritos de nuestro estómago. Volvemos a levantarnos con “caña” y juramos que “nunca más tomo” y vuelta a tomar, se nos acelera el corazón, nos volvemos a pelear con el marido, la madre, la hermana, y le volvimos a gritar y a pegar a los niños…

Y así andamos repitiendo y repitiendo, hasta que …

“Y ahora, ¿Quien podrá defendernos?”

La respuesta es simple: nosotros mismo y el grito ese de pedida de ayuda, a la amiga, amigo, al terapeuta, la madre si es que hay madre de verdad, al “compa” a quien sea, pero pedir ayuda. Todos somos valientes y a todos los valientes nos ha temblado las canillas frente a una osadía … para mi gusto esta es una de las más grandes: hacernos cargo por fin, del niño o niña que fuimos y que aún quiere ser escuchado, abrazado, acompañado, amado, tal cual es. Si vemos esa sombrita, la iluminamos, podremos escuchar, abrazar, acompañar, amar a nuestros hijos con sus propios ritmos de desarrollo.

Cada uno de nosotros, sus padres y madres, somos unos tremendos árboles y alrededor nuestro, corren inquietos nuestros hijos. De nosotros depende crezcan fríos, apretados, golpeados, zamarreados, olvidados, abusados, desamparados… todo depende de la cantidad de sombra que les dejemos caer encima. Mientras más lejos estemos de nuestra propia sombra más des- sol- ados crecen nuestros hijos. Mientras no hagamos un camino de sincera iluminación o encuentro con nuestras sombras, las dinámicas familiares estarán complejamente sombreadas y perturbadas.

Por eso, con la intensidad que muchos conocen de mi, me esfuerzo día a día para nuestros hijos, los hijos de todos, de la tierra, sientan que son respetados y amados. Justamente para que las sombras que los acompañen por sus vidas sean lo más chiquititas posible y la mayor parte del recorrido de sus vida sea lo más iluminada posible, desplegando todos sus potenciales de amor y de inteligencia.

Es de valientes aceptar los aspectos oscuros de nuestra personalidad que se han estructurado según las historias relacionales que hemos tenido con nuestros padres. Y créanme no conozco a nadie que haya tenido padres sanitos sanitos, si conozco, discursos “mi papá era súper, me pegó un par de veces, pero era admirable”  o “pero eso es del pasado, para avanzar hay que olvidar…” “no fui mala madre, tuve que trabajar y dejarlos solos… lo que pasó, pasó.” Y mientras alzamos ese tipo de declaraciones, los jueves nuestro hijo tiene sesión con su psicólogo… ¿saben de qué habla o sobre qué son los dibujos del hijo que crece bajo los discursos sombreados de sus padres? …  También está ese entrevistador de televisión que lleva años no buscando conocer la realidad del entrevistado, sino que busca destruir al entrevistado … ¿ven la sombra ahí? Y ¿acá? “Un golpecito no le hace mal a nadie, al contrario, a mi me hizo muy bien” Herencia de la pedagogía negra, esa que busca condicionar conductas a punta de golpes, golpes eléctricos y zanahorias, esa pedagogía propia de la guerra y de los campos de tortura.

¿Ven la sombra en ustedes mismo?

Yo, ayer, una vez más me topé con una de mis tantas sombras, la tuve que recibir o la garganta me dejaba sin respirar, la vi, la hablé y me alivié. Se aclaró y pude estar tranquila conmigo misma y con mi familia…

¿Hasta cuando? Hasta que otro momento importante de la vida, me traiga otra sombra.

La sombra, tu sombra, la de todos… El problema es cuando hay niños dando vuelta.

Leslie Power

Psicóloga Clínica

Mamá de cuatro hijos.

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