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Objetivo general de la dinámica del patriarcado para las mujeres es servir a otros, reprimiéndose sexualmente en el amplio sentido de la palabra (goce de la vida, alimentación, descanso, relaciones sexuales, parto, lactancias, etc) para convertirse en un objeto, sin sensaciones, perdiendo la calidad de sujeto sensible. Las mujeres quedamos congeladas sintiendo nuestro cuerpo y los devenires de él pecaminosos con flujos sucios e impuros, de ahí que para tantas la menstruación se sentida como asquerosa, llegando incluso a odiarla. Las lactancias cortadas para la inserción al mundo laboral hecho por hombre y para hombres, jamás pensado en los ciclos de las mujeres. Partos en extremo medicalizados, perdiendo el gesto espontáneo de parir y perdiéndose los flujos de ocitocinas u hormona de la vinculación, del apego, de la felicidad. La capacidad de dar desde nuestro cuerpo, sentido ya como ajeno, ha quedado atrofiada y desde esa atrofia producto de la  represión criamos a hijos poco alzados, acunados, abrazados, besados… quedando congelados igual que nosotros, los adultos. Todos reprimidos, madres e hijos, que son niños y niñas, hombres y mujeres.

Todos los deseos más profundos, los de la etapa de amor primario, esos que por no existir lenguaje establecido sólo hablan por el cuerpo, han queado reprimidos y los cuerpos desvitalizados, quedaron al servicio del sistema, que destaca la producción por sobre la reproducción. Un triste ejemplo son los lactantes institucionalizados a temprana edad, que inteligentes y adaptados, se automecen para conciliar el sueño, “hay demasiados niños para muy pocos adultos, me reprimo, y solo me duermo.”

Miles y miles de años habitados por hombres y mujeres que no han podido compartir con sus crías las palabras dulces, los besos, abrazos, risas, fluidos, leches, comidas, tiempos, todos eso que cae en el período de los primeros años de vida, ahí donde los mamíferos humanos chiquititos miramos con asombro y adoración a los adultos que nos cuidan y donde las madres y los padres deseamos amar con pasión y entrega a nuestros hijos, pero se nos ha prohibido. Se nos ha dicho y nosotros hemos tragado, sin mascar el discurso, que muchos besos y abrazos hace mal, y claro, ¡como no! se pueden mal acostumbrar y eso, sin duda, es peligro para un mundo hiper competitivo, consumista, que busca el éxito individual. Un sistema que necesita de hombres y mujeres que tengan la sangre fría, para no sentir compasión ni pena por el que sufre: el pobre, el discriminado, los niños abandonados… hay que tener la sangre fría para acumular y acumular, mientras otros acumulan hambre y resentimiento. Hay que ser frío para poder calcular bien donde entra la bala, que mata al otro en la calle, en la guerra, en el retail. Hay que criar en la dureza, “le hace bien llorar, tolerará mejor la frustración”. Hemos creído que deben arreglárselas solos cuando aún no tienen capacidad cerebral para hacerlo “dejémoslo llorar, ya se va a dormir”, “no le demos tanto” … que no gocen, que no disfruten, que no sientan amor. Eso hace mal.” Los puede convertir en humanos amororos, empáticos, colaborativos … y no, el mundo es duro y necesita a competitivos.

El amor hace mal en el patriarcado.

Y así crecemos sin amor, empatía, ni confianza, rígidos, duros, insensibles al dolor del compañero de curso, del “perno”, del excluido, del gordo, del feo, del femenino, de la sin familia, de la más pobre. Y devenimos adultos y luego padres y madres que frente al llanto y dolor de nuestros propios hijos somos indiferentes y, muy ilusos, esperamos que sean un aporte para la sociedad… no, sólo un aporte para reproducir la cadena de: unos sirven con mano de obra barata y otros, acumulan.

Las mujeres, que luego gestantes vamos a parir a una especie de industria del parto, mujer=objeto, hijo=producto. Todas en serie, todas igualmente pinchadas, inducidas con ocitocina sintética, anestesiadas con las piernas abiertas y muertas hacia arriba. Todas con el periné cortado.  Con mandatos externos “puja, así se hace”. Cuando, la verdad de las verdades, es que las mujeres nacemos preparadas para parir. Nuestro cuerpo tiene poder de parir hijos, seres humanos que al nacer, con esa primera mirada que se clava en los ojos de la madre le dice: ”necesito que te enamores de mi, ahora, para poder vivir, por muchos años aferrada a ti.”

Todos necesitamos por igual, apego, upa, leche, besos, agus, miradas, olor a mamá y a papá, pero no “no se le ocurra darle pecho antes de las 4 horas” , “que se acostumbre a la cuna”, al frío quieto de la cuna, querrán decir. “Dele esta otra leche para que no seas esclava, además tiene vitaminas …” Como si chupar plástico fuera lo mismo que chupar el pecho de la mamá. “Uno que otro golpe no pasa nada” ¡Claro que pasa! Duele el cuerpo y el alma ser golpeado por quien nos ama.

Se corta, ahí, naturalmente, el deseo natural de la madre y del padre de entregar altruistamente amor. Se corta el deseo del hijo de recibir ese amor.

Listo, ese niño, entró a la cadena de niños-objetos, fríos de cuerpo.

Cada día menos relaciones sexuales, menos orgasmos, menos vínculos interpersonales cercanos, directos y profundos, cada día más partos por inne-cesáreas, cada día menos hormonas naturales, menos mujeres empoderadas menos hijos e hijas empoderadas en el amor. Niños y niñas, hijos e hijas, mujeres y hombres del patriarcado, perpetuando los ciclos de abandono y frialdad emocional.

De niños nos callamos mientras los adultos hablaban, nos pusimos el polerón mientras nos corría la gota de calor, pero nuestra madre, así lo mandó. Comimos sin hambre y muchas otras tantas veces, comimos lo que nos daba nauseas, pero había que comer, de lo contrario … nos podían pegar con  la correa o castigar. Dejamos que nuestros cuerpos fueran tocados, cuando nunca quisimos ese tipo de cariño, fuimos abusados… Así muchos crecimos, respetando los deseos de los adultos, porque así nos entrenaron. Cumplidores de los deseos ajenos. Obedientes. Y los niños somos tan amorosos, buenos y dependientes de nuestro padres, que cedimos …

No importa, luego nos hacemos trabajólicos, adictos a todo (alcohol, cigarros, internet, ansiolíticos, a “cariños malos”)

Si al final todos buscamos eso, eso que nos de un poquito de placer, balanceos, risas, que nos de poder, sentirnos el “regalón de mamá” aunque sea un rato y, aunque haya que pagar con el dolor de cabeza y angustia al otro día. Todos buscamos ser amados, mirados, sostenidos … todos queremos “eso” que no recibimos de mamá y de papá y que nos confundimos exigiéndoselo a nuestra pareja y que a veces, nos da tanta rabia, el vacío interno, que golpeamos a quien supuestamente amamos y otras veces, el ser humano que no tuvo nada de cuerpo de mamá y papá y fue tratado como una cosa, crece y busca en los niños el placer de niño, de niños…

El patriarcado promueve una crianza costosa, llena de artículos que alejan los cuerpos (mamaderas, chupetes, coches, cunas, juguetes) todo para que nuestro hijo quien sólo quiere brazos, pecho, leche, olor, calor, es decir, cuerpo m(p)aterno, quede depositado lejos del cuerpo, enfriándose. La crianza puede llevar chupete, ojalá mientras alguien querido sostenga a ese niño en brazos. El problema es cuando hay sólo chupete, sólo mamadera, sólo cuna… sin cuerpo m(p)aterro. Ahí hay problema.

La sexualidad puede ser vivida con placer. Los partos pueden ser placenteros. La crianza puede ser rica, fácil, cómoda, cercana, calmada.

La maternidad y paternidad puede ser vivida con placer. Pero algunos hombres arrancan y hoy más mujeres también. La capacidad para vincularnos y depender 24/7 de nuestros recién nacidos es sentido como amenazante.

Nuestros hijos pueden crecer en el placer, en el amor, en la cercanía, en la colaboración.

Nuestros niños pueden ser amorosos, tiernos, suaves, risueños, inteligentes, creativos, colaborativos, inclusivos. ¡Claro que pueden! Pero no, los reprimimos a penas nacen: a dormir lejos de nosotros, cortes de leche, cortes de cuerpo, cortes de amparo, cortes de vínculos. Listos para la guerra que promueve el patriarcado.

¿Qué hacer? Urgente políticas públicas de conciliación persona, trabajo, crianza. Urgente mirar los recién nacidos y niños como lo más importante del mundo. Y por tanto hacer todo para comprender cuales son las necesidades del cerebro infantil y satisfacerlas. Es urgente que los políticos, los que hacen leyes, estudien un poquito sobre el funcionamiento de las necesidades de los cuerpos de nosotros, los mamíferos humanos. Es urgente, que las mujeres y los niños lactantes no sean excluidos del ámbito laboral ni social, no pueden ser exiliados en su propia tierra.

Es urgente mirarnos, mirar críticamente el sistema social en que vivimos y analizar las propias infancias vividas… una vez más claros, tomar a nuestros hijos en brazos.

 

Leslie Power

Mujer/madre/psicóloga clínica.

@powerlesliecl

http://www.facebook.com/Powerleslie

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