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 Tellyomasclaradosaños

Dejo la entrevista que me hizo Mónica Stipicic para la Revista Tell, más que una entrevista fue una intensa conversación que hasta lágrimas nos sacó. Gracias Titi.

“La maternidad es invisible a los ojos de la sociedad”. Así de simple y complejo a la vez. Intensa, apasionada y defensora a ultranza de las mujeres, esta psicóloga trabaja día a día para que nos enfrentemos a nuestros hijos sin culpa, sin sacrificio y sin reflejar en ellos todos los traumas que arrastramos históricamente.

Por Mónica Stipicic / Fotos Andrea Barceló

Enfundada en un vestido blanco en su casa-consulta en la precordillera, se nota que Leslie Power predica lo que practica. Sus cuatro hijos de distintas edades circulan libremente, los más chicos son simpáticos y sociables, conversan, se ríen y juegan con total naturalidad. Se nota que son niños felices y transmiten su seguridad, al mismo tiempo que corren a enredarse bajo el regazo de su mamá. Incluso Clara, la más chica de la casa, se entusiasma frente a la idea de tomarse fotos con ella.

Leslie es psicóloga y lo suyo es trabajar con mujeres. Pero la historia no partió así. Reconoce que entró a estudiar psicología porque en su casa no le permitieron estudiar teatro, pero además porque siempre fue una niña sensible, crítica y analítica, que no estaba conforme con los ambientes en que se movía. “Provengo de una familia disfuncional y eso me hizo querer entender las dinámicas humanas y familiares y, sobre todo, comprender por qué existe conflicto entre seres que se aman”.

Se tituló como psicóloga clínica y psicoterapeuta. A los veintidós años se casó con un compañero de colegio y a los veintiséis ya tenía dos hijos. “Entonces me di cuenta de que la psicología no me servía de nada para criar a los niños. Cuando ellos tenían dos y cuatro años me vi trabajando a un ritmo muy fuerte, repitiendo esquemas que siempre le había criticado a mi propia madre. Y caí en cuenta que estaba atendiendo mujeres cansadas y estresadas cuando yo estaba igual que ellas y me pareció que todo era un absurdo y que no podía analizar conflictos neuróticos cuando yo era una neurótica más. Fue ahí cuando empecé a evaluar hacer un cambio”.

¿Hubo algo que lo detonara?

En ese momento comecé a investigar otras corrientes, un poco de chamanismo, psicomagia… y me di cuenta de que la ciencia es clave pero que existen otras áreas de desarrollo. Y es ahí donde me topo con la psicología de la mujer y donde me doy cuenta de que el psicoanálisis, escuela en la que me formé, era parte de un patriarcado. Empecé a estudiar el feminismo y me di cuenta de que hay un discurso muy potente que nos hizo caer en una trampa: la lucha por la igualdad. Hombres y mujeres somos totalmente distintos, debemos tener los mismos derechos, pero no somos iguales. El problema es que en esa búsqueda por la igualdad nos olvidamos de que las mujeres somos cíclicas y no lineales como los hombres, pero nos vemos forzadas a trabajar todos los días de manera plana sin entender, por ejemplo, que por nuestros ciclos hormonales tenemos períodos en que somos más creativas y otros en que somos más receptivas.

¿Y este descubrimiento en qué se tradujo concretamente?

En que decidí dejar de hacer estupideces, porque no se puede trabajar con seres humanos sin entender cómo fueron criados o cuánto estrés sufrieron al momento de nacer… yo no descubrí nada, sino que fui una simple traductora de personas que están todo el tiempo estudiando el cerebro humano. Decidí trabajar con mujeres, en terapia y en círculos terapéuticos en que nos juntamos a conversar y poner en común nuestros temas. Y cerré mi consulta en El Golf para construir una en mi propia casa, arriba del cerro. Me trataron de loca, pero eso no era ninguna novedad para mí… al final todas mis pacientes llegaron hasta acá. Estoy con mis hijos, los voy a buscar al colegio y trato de no trabajar en las tardes. Si estoy atendiendo y siento que un niño no para de llorar, me paro y voy a ver qué pasa. Porque mis hijos son mi prioridad, le guste a quien le guste.

HONESTAS Y SIN CULPA

Abierta partidaria de la lactancia extendida, del apego y la crianza consciente de los hijos, tampoco va por la vida como una talibana de la maternidad. “Las madres no cometemos errores. No creo en la culpa. No comparto el concepto de buena o mala madre, porque yo soy una mujer, una mujer que además de ser mamá es amante, amiga, hermana, hija”.

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Muchos dicen que esta crianza con tanto apego deja de lado a todas esas otras mujeres…

No sé por qué la gente cree eso… yo me imagino que la Virgen María en algún minuto habrá comido, habrá conversado con sus amigas… pero sólo nos queda su imagen de madre de Jesús. La maternidad no tiene que ser un sacrificio, tiene que ser placentera. Y si no es así es una desgracia porque cuando una mujer enfrenta el tema como sacrificio empieza la amargura y de ahí a los golpes, zamarreos y duchas frías hay un paso. La culpa es herencia del machismo, de mujeres que arrastran conflictos de sus madres, de sus abuelas y de varias generaciones hacia atrás. Es muy simple, si me separé, me echaron de la pega y además tengo que llegar a la casa a cocinar con una sonrisa y leo en Facebook que la Leslie Power dice que no le tengo que pegar a los cabros chicos, me mato. Es irreal, las mujeres somos comunes y corrientes, yo soy común y corriente. Y también les grito a mis hijos, pero sé que cuando eso pasa es porque estoy con los niveles de estrés altísimos.

“Una de las primeras mentiras de esta sociedad es que la maternidad es valorada. Y no es cierto, es castigada: pagamos más en las Isapre, andamos muertas de susto si nos embarazamos en el trabajo, tenemos miedo de tomarnos el posnatal de seis meses, porque nos sentimos amenazadas… ¡cómo si el embarazo no fuera un derecho! Las niñas de dieciocho o diecinueve años que quedan embarazadas son tildadas de prostitutas cuando a lo largo de la historia esa ha sido la edad para ser madre. La maternidad es invisible a los ojos de la sociedad y las mujeres estamos maternando solas”.

¿Y eso en qué se traduce?

En que la crianza se nos hace difícil. Nos cuesta dar pecho porque no tuvimos pecho, porque la lactancia no se ve. Porque es mal visto que una mujer dé papa en un asado o un tecito, pero sí es bien visto hacer carretes de papás del colegio y tomar piscola desde la una de la tarde a la una de la mañana con los niños durmiendo en el sillón… y después poner el grito en el cielo porque los niños en Primero Medio están tomando mucho. Hoy en cumpleaños las mamás toman champaña un martes a las cuatro de la tarde, además de cigarro y ravotril. ¿Y por qué? Porque no damos más, porque la revolución femenina nos ha hecho un flaco favor.

¿Y no es peor sumarle a eso dormir con la guagua y darle pecho hasta los dos años?

Es mucho más terrible levantarse a preparar mamaderas y a mirarla en su pieza veinte veces por noche. Acá llegas, te pegas la guagua a la pechuga y sigues durmiendo. Es una solución, no un problema.

Pero muchos usan el argumento de “conmigo lo hicieron así y tan mal no estoy”…

Esos argumentos son justamente los que demuestran que estás muy mal, te rigidizaron el cerebro. Detrás del padre que justifica una ducha fría hay un adulto con descontrol de impulso, que no puede reflexionar ni bajar a la altura del niño. Deberían hacerse campañas públicas que informen, por ejemplo, que la pataleta es un estado de estrés producto de una inmadurez del desarrollo cerebral y que se traduce en que un niño de dos años no es capaz de decirte “mamá, estoy altamente frustrado porque tengo mucha hambre al mismo tiempo que quiero jugar contigo, pero tú no llegas temprano”. ¡Tengo pacientes que ni con ocho años de psicoanálisis son capaces de decirle eso al marido! Y entonces entramos al golpe o a la ducha fría, que provoca que el niño se paralice de miedo. Es un mecanismo de tortura, con la trampa de que quien lo aplica es quien te ama y eso provoca una paradoja brutal. Y no estoy hablando de casos extremos: el 71% de los niños en Chile recibe algún tipo de maltrato físico.

Pero tampoco se trata de relajo absoluto

Para nada. Los niños necesitan estructura porque sus cerebros se están formando y funcionan igual al desorden que dejan en sus piezas. Por lo tanto, necesitan que los adultos ordenen afuera mientras ellos van creciendo y sus estructuras cerebrales se van ordenando dentro de la cabeza. Es así como hay que decirle “no se puede tomar hasta los dieciocho años. Por ningún motivo, porque hace mal, porque hay estudios que dicen, etc…”.

¿Y no vale el “porque yo soy tu mamá y lo digo”?

No, porque tú eres mi mamá pero también tomas y también te equivocas. Siempre con argumentos, con fuentes.

PRO LIBERTAD

Se hizo conocida hace seis años cuando Facebook censuró una de sus fotos amamantando a su hijo Julián. Y después fue una de las más movidas activistas en la discusión del posnatal. Y el resultado no le parece del todo satisfactorio, cree que seis meses sigue siendo poco y que no es válido compartir este permiso con el padre.

“El posnatal no es para la madre, es para el niño. La guagua tiene el beneficio de recibir leche materna y si no puede recibirla, tiene derecho a la piel, al contacto, a la continuidad de lo que tuvo casi diez meses adentro del útero”.

¿Y qué rol juegan los padres?

Todos… tienen que mudar, mecer, bañar, ir al supermercado.

Me refiero a un contexto global, en un país en que muchas mamás crían solas…

Un país donde esos hombres abortan. Todas las mujeres que crían solas tuvieron al lado un hombre que abortó y que, curiosamente, es parte de los que opinan acerca del tema.

¿Cuál es tu opinión al respecto?

Me parece una locura que pensemos que hay alguien en el mundo a favor del aborto. La gente no marcha por las calles con pancartas que dicen “que las mujeres aborten”. Ninguna de las mujeres que conozco y que luchan porque se despenalice el aborto está loca. Nadie aborta placenteramente, pero si llegas a eso es porque no se habla de maternidad, porque no existen las condiciones para ser madre, porque el hombre se mandó a cambiar, porque me cobraron más en la Isapre, porque me van a echar de la pega… porque no se resguarda a la mujer ni menos a la guagua que se está gestando. Si me preguntas a mí si abortaría, la respuesta es no.

Pero no condenas a quien lo hace…

¿Cómo voy a condenarla? La acompaño, para eso estoy… para darle la mano. Yo trabajo con mujeres que abortan, que dan en adopción y otras que adoptan y rechazan a sus guaguas, porque la cosa no es tan fácil. Es distinto cuando uno trabaja día a día con el corazón de las mujeres y te das cuenta que no da lo mismo si te pegaron cuando chico, porque el maltrato fractura el alma y deja una grieta, que después se puede llenar con alcohol, con cigarros, con drogas, con promiscuidad sexual, con un marido abusador o mentiroso.

¿Qué pasa cuando definitivamente se pierde el control?

Es completamente válido. Por eso hay que pedir ayuda. Mi recetario básico para mamás es nunca, nunca, nunca estar solas, porque la soledad es la peor enemiga de una maternidad sana. También entender que no tenemos por qué ser buenas en todo: la nana, la abuela, la vecina, todos pueden ayudar. Lo otro es la maternidad responsable y no largarse a tener millones de hijos, porque la maternidad es muy pesada. Y, por supuesto dejarse llevar por el instinto, que no se nos ha enseñado a desarrollar, porque vivimos escuchando que la leche es esclavizante, que parir de manera natural es de india y de loca.

¿Una mujer que a los treinta años decide voluntariamente que no va a amamantar a su guagua es una persona sin instinto?

Los seres humanos somos biología y cultura. Seguro que a ella no le dieron pecho o no tuvo una relación con su mamá… es clave no juzgar. Lo que sí es cierto es que tenemos la intuición cortada, porque no se nos enseña a intuir sino que a pensar. Yo hace rato que dejé de pensar.

Si quieres entrar al link de esta entrevista puedes ir acá http://www.tell.cl/magazine/15694/santiago/abril/2015/entrevistas/valorar-la-maternidad.html 

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