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IMG_6499Tomar consciencia de que una ha elegido de pareja a un perverso narcisista que ante los ojos de los demás parece ser una persona muy adecuada que esconde muy bien sus negocios que por lo general bordean lo ilegal o directamente lo hacen, que aparenta ser un hombre sonriente de buenas costumbres, buen padre y que se encarga de mantener adecuadas relaciones sociales, no es nada de fácil. Y no es fácil porque esas personas son en extremo hábiles, lo han aprendido desde muy pequeños, generalmente producto de un conflicto infantil no resuelto, quedando atrapado, en ser el hijo fetiche de la madre incluso erotizado, situación perversa en si misma y sombreado por un padre narcisista y por ende ausente e imposible de superar. Desde ahí la competencia eterna con los hombres y la rabia latente y/o manifiesta hacia las mujeres, expresadas en abusos integrales y cuando digo integrales me refiero a todo tipo de abusos, porque ya no se distingue entre lo psicológico y físico, todo golpe físico es un golpe a la mente y todo insulto es un golpe al cuerpo. Somos seres orgánicos.

Reconocer que una ha estado con una persona así es doloroso, nada de fácil por que además son altamente seductores, mentirosos, grandiosos, envolventes. Son encantadores y nunca quedan mal con nadie, más que con una, la que en rigor representa a sus figuras parentales, con quienes aún no ha superado sus conflictos infantiles y necesita herir, humillar, descalificar, ningunear, golpear. Hay rabia ahí metida, pasiva agresiva o directamente agresiva, pero imposible de sacar hacia quienes fueron los primeros abusadores, sus propios padres, pero si es más fácil sacar hacia quien está ahí a su lado y que comenzó a bailar una danza perversa y tóxica.

No es fácil reconocer y luego salir de esa relación, primero porque se parece mucho mucho a lo que estamos acostumbradas a vivir, ya que suele pasar que las que enganchamos en este tipo de relaciones, venimos de hogares donde o hemos sido maltratadas o hemos sido espectadoras de maltrato intrafamiliar, por tanto, el maltrato es habitual, nos parece familiar y lo normalizamos. En segundo lugar por son encantadores y nos enamoramos. Luego porque no queremos repetir la propia historia y queremos hacer todo lo contrario a lo que pasó en nuestras familias e insistimos con la esperanza de hacer cambiar a una estructura de personalidad perversa narcisista que no cambia. Y por último porque somos cómplices, porque para que exista un mal tratador debe existir una mujer llena de miedos, autoestima dañada, sensaciones de inferioridad, es decir, una personalidad que aunque brille en otras áreas, en el área chica de las relaciones íntimas, sufre, se siente débil, fallada, torpe, fácil de destruir. Entonces, es tierra fértil para el depredador.

Mirar lo anterior, dejar caer lo velos, es una tarea titánica. Las mujeres nos resistimos, además porque tenemos el mandato patriarcal de la familia para toda la vida, que los niños estarán mejor en la escena de “la familia” y que no podemos “fracasar” cuando en rigor todo eso es una ilusión que ya se ha roto. No es fácil darse cuenta que una ha bailado el mismo baile, reconocerse que ha sido parte de un juego perverso y que debe salir ahí, lo antes posible. Pero existe otra trampa. El sistema judicial, es complejo y hace que las mujeres tengamos miedo a la denuncia. y ese miedo se une al miedo a que mi pareja me hará más daño y volvemos al círculo de la toxicidad.

Hasta que se decide por dignidad salir de ahí. Se ha perdido la dignidad, se logra mirarse, olerse, escucharse a una misma y constatamos como nuestros derechos han sido brutalmente transgredidos y que aquello lo hemos permitidos porque seguramente ya alguien, una o varias veces en nuestra niñez  ya lo hizo. nos hemos engañado a nosotras mismas, hemos sido indignas con nosotras, ya no es que “esa persona no me mira”, “esa persona me trata mal”, “esa persona me humilla, golpea, abusa, engaña”. Soy yo la que sabiendo todo eso pero no queriendo hacerme cargo de mi historia y presente me he quedado ahí por miedo, por amor, por lo que sea. Y ya no quiero estar así conmigo.

Basta, quiero recuperar mi dignidad y nos indignamos, para recuperar nuestros derechos. y decidimos desde la mente cortar esa relación.

Nueva trampa: es la mente, la razón, la compresión la que decide cortar, pero el cuerpo, las emociones quieren seguir, anhelan el cambio de esa persona… y ahí el duelo, y ahí el duelo patológico y la imposibilidad de cortar o de volver como dice la canción a “tropezar con la misma piedra” y buscamos otro mal tratador.

La tarea:

1-Rehabilitarse de los golpes que nos ha dado la vida. reconocer que somos adictas al maltrato, que en esa área chica lo pasamos mal y tener la certeza que en otras áreas lo hacemos muy bien, por tanto pedir ayuda de manera urgente, reconocer que ahí no podemos solas.

2.-No hay culpa. Nada de esto tiene que ver con la culpa. Las cosas se dieron así y punto. Aquí y ahora y para adelante.

3.-Reconocer y aceptar de manera clara que a quien se ha amado, confiado y vinculado, tiene un trastorno de personalidad, peligroso para nosotras y que no lo va a cambiar. Debemos protegernos incluso con el contacto cero. PUNTO.

4.- Las que somos madres, tarea nada pero nada de fácil, reconocer las personas que son peligrosas y establecer límites claros. No es igual a NO.

5.- Esa persona peligrosa, hagamos lo que hagamos, le despertaremos sentimientos agresivos hacia nosotras. Lo preferible es contacto cero. Generalmente establecer límiteses a través de la ley es lo que más protege.

6.-Ante un perverso narcisista, que son como ya dije mentirosos y engatusadores, conviene callar, buscaran la manera de buscar el error o hacerte caer en el error para sacarte de quicio, enloquecer, gritar y luego acusarte de ser la provocadora. No lo hagas. No caigas en su juego. Recuerda como los perversos narcisistas mienten, siempre ven en el otro malas intenciones, ven también que tu quieres jugar a “zorra” a “trucha” a mentirosa.

7.- Muchas veces conviene que la comunicación sea mediada por un tercero, de lo contrario, el perverso tiende a agredir como siempre lo hizo, debilitando a la víctima.

8.- Finalmente cuando ya hemos hecho todo un trabajo de comprensión y de soltar emocionalmente al mal tratador, nos ponemos de pie y actuamos como personas seguras, al principios, nuevamente seremos nosotras las provocadoras. La diferencia es que ya estamos sanas, sabemos leer sin sentirnos tontas, sin sentir que no sabemos hacer las cosas y que lo necesitamos, sabemos que nos corresponde y que no y decimos con claridad, sin gritar, segura y confiada. Eso lo desarma y sale en retira, lamentablemente en busca de otra víctima.

Leslie Power

Psicóloga Clínica

Texto basado en todos los libros de Marie France Hirigoyen

Hugo Marietant

Casilda Rodrigañez.

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